Mario Vargas Llosa: Cervantes | El periodista – .

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Mi primer intento de leer Don Quijote de la Mancha fue un fracaso. Todavía estaba en la escuela y las palabras antiguas, que tenía que buscar a cada paso en el diccionario, y las oraciones largas me confundían. Terminé rindiéndome. Años más tarde, cuando estaba en la universidad, un precioso librito de Azorín, “La ruta de Don Quijote”, me animó a intentarlo de nuevo. Esta vez sí, lo leí de cabo a rabo, saboreando cada frase y cada página, con la historia de esta dispar pareja, el yacente caballero idealista empeñado en transformar la realidad para que se asemeje a la de sus libros y sus sueños, y sus pies a cabeza. Escudero terrenal, pragmático, barrigudo, que intenta sujetar a su amo a la dura realidad para no perderse en las nubes de su fantasía.

Todo es deslumbrante en este libro que simboliza, mejor que ningún otro, la riqueza de nuestra lengua: la infinita variedad del español para expresar la condición humana con todos los matices y variantes, la fantasía que lleva al ser humano a transformar la vida y hacerla Progreso; en otras palabras, la forma en que la literatura nos defiende de la frustración, el fracaso y la mediocridad. El estrecho y provinciano mundo manchego por el que peregrinan don Quijote y Sancho se convierte, gracias al coraje y la voluntad del decidido caballero errante, en un universo de gratas e insólitas aventuras, donde la audacia, el absurdo y el humor se entrelazan, impregnados de con la humanidad, para mostrarnos cómo la imaginación puede mutar el aburrimiento en aventura, y hacer de la cotidianidad un acontecimiento insólito donde se puede realizar lo maravilloso, lo milagroso, lo patético, todos los cambios incluida la vida.

En las muy elogiosas y justificadas reseñas del reciente libro de Santiago Muñoz Machado se dice que se trata de una nueva biografía de Cervantes. No hay nada como eso. El libro analiza las biografías más importantes de Cervantes, con sus aciertos y desaciertos, y, por ejemplo, Muñoz Machado es mucho más severo con Américo Castro -“El pensamiento de Cervantes”- que los expertos que, cuando apareció este libro, se atrevieron a para criticarlo.

Si el COVID no lo hubiera impedido, la primera pregunta que le hubiera hecho al director de la Academia Española, en el diálogo que hubiésemos tenido, sería esta: “¿Habías planeado esto desde el principio? Lea estos cientos, si no miles de libros, para tener una idea clara de cómo y dónde nació Don Quijote. Porque lo más extraordinario de “Cervantes” de Muñoz Machado es que parece haber sido concebido para una vida de investigación y lectura, un trabajo interminable de biblioteca, para saber en qué sociedad y cómo nació este libro que, casi de improviso, inmediatamente deslumbró a Europa. No creo que haya habido un trabajo similar durante muchos años que pueda asimilarse a este análisis en el que prácticamente todas las manifestaciones de la sociedad española parecen explicarnos en qué mundo y con qué objetivos nació Don Quijote.

No estoy exagerando nada. El lector de este libro de más de mil páginas, y más de doscientas notas bibliográficas, podrá saberlo todo: el aparato judicial que reinaba en España mientras Cervantes escribía las aventuras de Don Quijote, y las fiestas populares, la difusión de la brujería, la vida cultural en todas sus manifestaciones, y, por supuesto, los enredos y crímenes de la Inquisición, así como la vida culta, de pintores, comediantes, actores y artistas, y la vida militar, a la sombra de la Corona. Está todo ahí, detallado y expuesto, con mucho detalle, y contado con ese lenguaje sencillo, claro, sin asperezas ni violencias de Santiago Muñoz Machado, tan cuidado que parece hablar al oído de la gente.

Entre las páginas del libro, creo que las dedicadas a las brujas son un gran logro. Van mucho más allá de “Las brujas y su mundo” -el libro de Caro Baroja- por su ferocidad y gracia, y por su rigurosa investigación. Aquí está este inquisidor, convencido de que la bruja a la que juzga está loca, enfrentado a esta pequeña bestia que le asegura que “hizo el amor con el diablo” y que volverá a empezar, “después de ser quemado”. Los Inquisidores no tienen más remedio que enviarla a la hoguera, ya que no pueden convencerla de que todo lo que dice es pura fantasía.

Pero es en el terreno cultural y literario donde Muñoz Machado celebra sus mejores momentos. Lo cierto es que Cervantes sufre lo indecible por encontrar personajes que apadrinen su libro; no sólo los que él elige son rechazados; Poetas y artistas a los que se les pide poemas o textos para sustentar su novela también resisten.

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Y aquí está la gran pregunta. Cervantes fue un hombre sencillo y miserable, aparentemente desde muy joven. No se sabe mucho de su infancia. Cuando comenzaba a vivir, un crimen, verdadero o falso, le hizo abandonar España y reaparecer en Italia, en el séquito de un arzobispo. Como todas las personas humildes, se convierte en soldado. Y lucha en Lepanto contra el turco, cuando no debe, por la enfermedad que ha padecido. Todavía estaba orgulloso del arcabuz que arruinó esa mano. Y luego, a causa de los captores de Berbería, pasó cinco años en Argel, donde tuvo que sufrir indeciblemente, especialmente después de sus intentos de fuga. Lo salvaron, pagando su rescate, de los sacerdotes de Trinidad. En España intentó ir a América, y el Estado ni siquiera respondió a sus cartas. Es decir, todo en él sucedía de tal manera que era un ser resentido y herido. Y sin embargo, la generosidad y buena virilidad de Cervantes están más que aseguradas. Era un hombre generoso y desvergonzado, muy preocupado por mejorar la vida de sus conciudadanos. Un hombre bueno e idealista, sin duda. ¿Cómo se explica este contraste?

Y he aquí la última pregunta para Santiago Muñoz Machado, quien -lo dice expresamente en su libro- está convencido de que el Quijote fue escrito por Cervantes para “poner fin a las novelas de caballerías”. ¿Está seguro? Porque, a decir verdad, Cervantes había leído tantas novelas de caballerías que nadie podía negar que les tenía cierto cariño. En Don Quijote hay innumerables ejemplos de tal cosa. Eso sí, conocía “l’Amadís de Gaula”, y, en cambio, hay una síntesis bastante exacta de “Tirant lo Blanc”, que, nos asegura Cervantes, “es el mejor libro del mundo”. ¿No hay cierta nostalgia en todo esto? Al menos la ilusión de un mundo de orden y formas, en el que la violencia humana encontró la manera de reducirla y apaciguarla, un mundo alejado de la realidad, en el que todo estaba planificado y establecido, según códigos estrictos. Quizá así el ser humano pueda ser humanizado y contenido en sus múltiples excesos, empezando por los de la guerra.

Cuando leí por primera vez Don Quijote, hacía tiempo que leía novelas caballerescas, donde el formalismo y el manierismo trataban de frenar los excesos de la época, convirtiendo este mundo terrible en una especie de minueto. ¿No sería posible que después de tanto sufrir en su vida, Cervantes también lo buscara? Bajo el resplandor de las espadas y la ferocidad de los combates, surgió un mundo de paz y orden, a partir de conductas estrictas, según un rígido plan destinado a acabar con la espontaneidad en la que se derramaron toneladas de sangre, rodaron cabezas y el mundo, apareció como está: podrido y sin remedio. ¿No trató don Quijote de poner fin, aunque sea retóricamente, a las payasadas de un loco que soñaba con la antigua caballería?

MADRID, ABRIL 2022.

©MARIO VARGAS LLOSA.

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